A finales del siglo XIX se creĂł el primer automĂłvil por motor de combustiĂłn interna. Su desarrollo y perfeccionamiento revolucionĂł el mundo de las comunicaciones y contribuyĂł al acercamiento de lugares remotos. Pronto el automĂłvil se convirtiĂł en emblema de progreso. En las primeras dĂ©cadas del siglo XX, la Argentina contĂł con el privilegio de ser el paĂs con mayor cantidad de automĂłviles y el cuarto en el mundo entero. El desarrollo del automovilismo, un deporte inicialmente practicado por los miembros de las elites, no tardĂł en imponerse en nuestro paĂs.
En la Argentina dos instituciones contribuyeron en un principio a promover el uso del automĂłvil y del deporte asociado a la “máquina de desplazamiento”: el AutomĂłvil Club Argentino (ACA) y el Touring Club Argentino (TCA). Sin embargo, desde la dĂ©cada de 1920, este Ăşltimo se volviĂł crĂtico de las carreras de autos.
Compartimos aquà un fragmento del libro Autos, rutas y turismo. El Automóvil Club Argentino y el estado, de Melina Piglia, sobre el desarrollo de este deporte y su popularización a través del ACA, el TCA y del Estado.
El libro recorre tambiĂ©n la creaciĂłn del ACA y el TCA, sus diferencias y la articulaciĂłn de estos clubes con el Estado; el impacto que tuvo el uso del automĂłvil en la vida social, cultural y econĂłmica del paĂs; la medida en que el ACA y el TCA favorecieron el trazado de caminos entre 1916 y 1955, contribuyendo a ensanchar el territorio nacional; y el impulso que cobrĂł el turismo, con la democratizaciĂłn del ocio y del descanso como válvulas de escape a las presiones de la vida en las ciudades.
Fuente: Melina Piglia, Autos, rutas y turismo. El Automóvil Club Argentino y el Estado, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2014, págs. 53-85.
El ACA, el TCA y el deporte automovilĂstico
La introducciĂłn y difusiĂłn de los deportes (la esgrima, el golf, el polo, el automovilismo) impulsadas por la colectividad británica formaron parte –como muestra Leandro Losada– del proceso de “europeizaciĂłn” de la elite porteña y constituyeron un canal simbĂłlico de expresiĂłn de la diferencia social. AsĂ, a fines del siglo XIX emergiĂł, junto al clubman, el sportsman como el tipo ideal que conjugaba distinciĂłn, virilidad y dominio de sĂ.1
A fines del siglo XIX y principios del XX, la virilidad y el coraje, atributos de la masculinidad tradicional, se hibridan con los nuevos ideales corporales de la modernidad (belleza y estado fĂsico), y dan lugar a un nuevo estereotipo que se expresa en las prácticas deportivas. En esa hibridaciĂłn, apunta Eduardo Archetti, hay espacio no sĂłlo para los deportes colectivos, sino tambiĂ©n para los individuales, como el automovilismo, que, por otra parte, con su “simbiosis entre cualidades individuales y mecánicas”, se asociaba más rápidamente a lo industrial y lo moderno.2
Para sus promotores, el deporte automovilĂstico reunĂa entonces una serie de cualidades que definĂan a quienes lo practicaban o lo promovĂan e incluso al pĂşblico aficionado: caballerosidad, temple, coraje, altruismo, nobleza. A la vez, del mismo modo que el interĂ©s por otras “máquinas modernas” (como aeroplanos, aviones, motocicletas y lanchas a motor), el consumo del automĂłvil pensado como deporte implicaba compartir otros valores, ligados al vĂ©rtigo, la velocidad, la independencia, el progreso y la modernizaciĂłn tĂ©cnica y cultural.
Tanto el TCA como el ACA tenĂan entre sus propĂłsitos institucionales el fomento del uso del automĂłvil –aunque, como vimos, para el Touring este era un objetivo secundario– y por ello los dos clubes se vincularon desde sus inicios a la organizaciĂłn de competencias deportivas. Sin embargo, durante los años veinte se produjeron profundas divergencias entre ambas instituciones en torno a la cuestiĂłn de las carreras de automĂłviles.
Mientras el ACA contribuyĂł decidida y decisivamente al desarrollo de ese deporte cada vez más popular y se convirtiĂł hacia fines de la dĂ©cada en la principal entidad organizadora y fiscalizadora del automovilismo argentino, el TCA se volviĂł cada vez más crĂtico de las carreras y se alejĂł de su organizaciĂłn. En este capĂtulo analizaremos estas diferencias entre ambos clubes, y nos concentraremos en las consecuencias que tuvo para el ACA el desarrollo de una modalidad deportiva en particular: las competencias en carretera.
Las caracterĂsticas especiales que este tipo de pruebas adquiriĂł en la Argentina de la entreguerra nos permiten situarlo en el cruce de una serie de cuestiones polĂticas, culturales y sociales que nos resulta relevante analizar: las modificaciones en las pautas de consumo y la movilidad social, la valoraciĂłn de la tĂ©cnica y la popularizaciĂłn del automĂłvil, la construcciĂłn de la red de caminos y las estrategias territoriales y de legitimaciĂłn del estado, etc. Es en este cruce que nos interesa explicar la popularidad de estas carreras y el fortalecimiento del ACA; creemos que la capacidad del club para convertirse en el articulador del sistema de competencias “oficiales” y la enorme popularidad del deporte automovilĂstico resultan elementos centrales para comprender la forma en la que esta instituciĂłn ganĂł asociados, prestigio y visibilidad pĂşblica, y se vinculĂł al estado en la primera mitad del siglo XX.
Los orĂgenes del automovilismo en la argentina
En la ciudad de Buenos Aires, las primeras carreras tuvieron lugar en 1906, en el ahora desaparecido hipódromo de Núñez; eran justas entre propietarios de automóviles deseosos de probar la velocidad y potencia de sus nuevas máquinas. En ellas se enfrentaban miembros de la elite terrateniente afectos a las novedades técnicas, como José A. Pacheco y Anchorena o Marcelo T. de Alvear, y también algunos de los primeros importadores, como Luis Dartiguelongue o Juan Cassoulet.
La rápida difusiĂłn del automĂłvil, su transformaciĂłn tĂ©cnica y simbĂłlica de entretenimiento lujoso a medio de transporte, los cambios en las propias competencias (gradualmente más formales en su organizaciĂłn, más veloces y tambiĂ©n más peligrosas) y la difusiĂłn del uso de autos especialmente diseñados para las carreras (los autos de grand sport) hicieron que muchos de estos automovilistas pasaran de aficionados pilotos a espectadores hacia mediados de la dĂ©cada de 1910. Hacia los años veinte encontramos entre los corredores una fuerte mayorĂa de personas de orĂgenes más modestos (por ejemplo, mecánicos como Domingo Bucci), muchos de ellos del interior, que competĂan por los premios en dinero, cada vez más importantes; por caso, la retribuciĂłn por el primer puesto del Gran Premio del ACA de 1924 era de $7500, más de dos veces el valor de un Ford sedán cuatro puertas de ese año (el más caro de la marca). Algunos eran empleados por las empresas importadoras o las filiales locales de las grandes productoras de automĂłviles (Paris Giannini era piloto oficial de Graham Paige), aunque la mayor parte corrĂa de manera independiente, financiando su participaciĂłn con ahorro personal, colectas en el pueblo de origen y algunos patrocinadores.
Las carreras eran un aspecto importante de la cultura del automĂłvil que estaba popularizándose en las primeras dĂ©cadas del siglo XX. Eran producto tambiĂ©n de la creciente masividad del mercado de entretenimientos en la entreguerra, que incluĂa el teatro, el cine y otros espectáculos deportivos como el boxeo o el fĂştbol.3 Rápidamente fueron tomando forma las diferentes modalidades, inspiradas en competencias europeas y norteamericanas: las carreras en circuitos cerrados de carretera o “circuitos-parque”, las de velocidad en tramos cortos, como las pruebas “del kilĂłmetro”, las disputadas en los escasos y precarios autĂłdromos o las “de regularidad”.
Las competencias diferĂan tambiĂ©n por el tipo de autos que intervenĂan, sport (automĂłviles especiales) o standard (de serie), de mecánica nacional o importados, de diferente cilindrada, etc. Nos interesa aquĂ destacar un tipo de modalidad que se convertirĂa en la más popular en la Argentina, sobre todo en los años treinta y cuarenta: las competiciones en carretera de largas distancias (en general, en varias etapas), en recorridos no completamente cerrados, que desde 1937 se disputaron con automĂłviles de serie modificados, dando origen a la categorĂa Turismo Carretera.
El ACA y las carreras en carreteraÂ
En 1914 el ACA creĂł el Gran Premio, una carrera anual en carreteras que debĂa tener una extensiĂłn no menor a los 500 kilĂłmetros y que de 1916 a 1923 se corriĂł entre las ciudades de Buenos Aires y Rosario (Santa Fe). En 1924 se convirtiĂł en la competencia automovilĂstica más importante del año en la Argentina y la más larga hasta entonces en SudamĂ©rica, al disputarse entre Buenos Aires y CĂłrdoba. En el perĂodo posterior a la Primera Guerra, este tipo de competiciones en carreteras de largas distancias, en las que resultaba imposible controlar todo el recorrido para evitar que se cruzaran animales, personas o vehĂculos, era una peculiaridad latinoamericana. Se inspiraban en las similares europeas –como el premio ParĂs-Roma– que habĂan tenido lugar a principios de siglo, pero abandonadas luego a causa de los accidentes que se ocasionaban entre corredores y pĂşblico. A principios de los años veinte, la gran mayorĂa de los certámenes en carretera se corrĂa en Europa en circuitos de pequeña extensiĂłn, completamente cerrados y vigilados.
El surgimiento y predominio de esta modalidad de carreras en carretera (en la Argentina, inaugurada por los Grandes Premios y continuada por la modalidad Turismo Carretera) respondĂa a las peculiaridades que asumiĂł la modernizaciĂłn de la infraestructura en LatinoamĂ©rica. En general, se combinaba el rudimentario desarrollo de redes nacionales de carreteras de tránsito permanente con una baja cantidad de automĂłviles, lo que daba como resultado rutas difĂciles, plagadas de obstáculos y sin señalizaciĂłn oficial y, a la vez, con una baja densidad de tránsito en los caminos interurbanos que mantenĂa relativamente controlado el riesgo de accidentes y hacĂa viables las carreras. La Argentina representaba un caso singular en este cuadro, aunque los resultados eran similares: el volumen de automĂłviles (en tĂ©rminos absolutos y en la relaciĂłn automĂłviles/poblaciĂłn) era el mayor de LatinoamĂ©rica, pero habĂa una baja densidad de tránsito en los caminos interurbanos, producto de su mal estado.
En Europa y en los Estados Unidos existiĂł en las primeras dĂ©cadas del siglo XX una relaciĂłn estrecha entre las empresas automotrices y el deporte; asĂ, las carreras funcionaron en muchos casos como campos de experimentaciĂłn para avances tecnolĂłgicos, por lo que prevalecĂan las pruebas de velocidad y resistencia.4 En el caso argentino, la gran distancia respecto de las compañĂas que diseñaban y producĂan los automĂłviles tambiĂ©n influyĂł en el tipo de pruebas que adquirieron predominio: las carreras en carretera, y luego el Turismo Carretera, mostraban la adaptaciĂłn de las máquinas importadas a los difĂciles caminos locales, y ponĂan en el centro al piloto y al mecánico “criollos”, las ingeniosas innovaciones de los modelos originales, el coraje y la destreza para vencer los obstáculos en competencias en las que los autos terminaban prácticamente destrozados.
En los años veinte, el ACA no era el Ăşnico club de automovilistas, ni el Ăşnico que impulsaba competencias de este tipo. HabĂa carreras importantes promovidas por instituciones deportivas porteñas –como el Moto Club Argentino y el CĂrculo Automovilista Argentino– o del interior –como el Club AtlĂ©tico Rafaela (que organizaba las famosas “Quinientas Millas”)–.
Por su parte, en 1908 y 1909 el TCA organizó carreras de automóviles y motocicletas sobre el camino Mar del Plata-Miramar-Ballenera, construido –como ya vimos– por el propio club.
Dos elementos distinguĂan, sin embargo, al ACA. De un lado, en la entreguerra, el club comenzĂł a revestir las competiciones de una significaciĂłn más trascendente, presentándolas como eventos de propaganda vial que permitĂan llamar la atenciĂłn sobre máquinas y caminos que alentaban a las autoridades y a los vecinos a mejorar la vialidad, y a los automovilistas a seguir los pasos de los competidores y recorrer esas mismas rutas como turistas. Esta vinculaciĂłn a la “misiĂłn” pĂşblica del club (y con los intereses del comercio automotriz) llevĂł al ACA a poner mayor Ă©nfasis en los Grandes Premios que en las competencias de velocidad o regularidad que tambiĂ©n organizaba o respaldaba. Por otro lado, gradualmente el ACA fue adquiriendo predominio sobre los demás clubes y, para 1929, cuando se afiliĂł a la AsociaciĂłn Internacional de AutomĂłvil Clubes Reconocidos, controlaba el área del deporte, ya que organizaba las carreras más importantes y fiscalizaba todas las competencias que otorgaban puntaje para el campeonato argentino, establecido en la misma Ă©poca. Este nuevo estado de cosas alentĂł la popularidad del automovilismo y la profesionalizaciĂłn de los corredores, al evitar las modificaciones indebidas en los autos, reprimir las conductas antideportivas y asegurar los premios en dinero.5 A su vez, estimulĂł el financiamiento de algunas carreras o de algunos pilotos por medio del apoyo de patrocinadores. AsĂ, por ejemplo, el Gran Premio de 1936 a Chile fue auspiciado por el propietario de la fábrica de cigarrillos Particulares, Virginio F. Grego, que otorgĂł un importante galardĂłn en dinero, y diversas marcas, entre ellas el fijador de cabello Rosaflor, auspiciaban al popular volante RaĂşl “Polenta” Riganti en esa misma carrera.6
En los años treinta, se produjeron otros cambios relevantes. De un lado, las condiciones de los caminos mejoraron de manera significativa con las obras encaradas por el gobierno provisional y, sobre todo, tras la sanciĂłn de la Ley Nacional de Vialidad en 1932 y la creaciĂłn de la DirecciĂłn Nacional de Vialidad, procesos que analizaremos en detalle en la segunda parte de este libro. Mediante una polĂtica de construcciĂłn más activa, la reparaciĂłn y el mantenimiento de los caminos hizo posible el comienzo de una nueva etapa en el Gran Premio del ACA: entre 1933 y 1943 se corriĂł cada año sobre un trazado diferente. Cada carrera abrĂa camino, descubrĂa una ruta nueva: el deporte del automovilismo reforzaba la representaciĂłn de los caminos como agentes de la integraciĂłn territorial.7 Por otro lado, al centralizar y homogeneizar la polĂtica vial en la DirecciĂłn Nacional de Vialidad y los organismos provinciales correspondientes (cuya creaciĂłn preveĂa), la ley introducĂa al estado como un actor con vocaciĂłn, capacidad y autoridad para regular las actividades viales, incluidas las carreras. AsĂ, cuando en marzo de 1933 Domingo Bucci muriĂł en un accidente durante el Gran Premio de Arrecifes, el gobierno de la provincia de Buenos Aires prohibiĂł las competencias en ruta en el territorio provincial.8 El ACA apelĂł la medida ya que arruinaba los planes para el Gran Premio de 1934; frente a la insistente negativa de la provincia, la competencia se corriĂł ida y vuelta entre Rosario y Resistencia (Chaco); en la llegada a Resistencia un nuevo accidente provocĂł once muertes y la DirecciĂłn Nacional de Vialidad decidiĂł la suspensiĂłn de las carreras de velocidad en carretera en todo el paĂs.
Como soluciĂłn ante el nuevo estado de cosas, se decidiĂł correr el Gran Premio entre Buenos Aires y Santiago de Chile, como competencia de regularidad en territorio argentino y de velocidad en Chile. El Gran Premio del ACA de 1935 se convirtiĂł entonces en el Primer Gran Premio Internacional, con cerca de 5000 kilĂłmetros de recorrido. Este premio se repitiĂł en febrero de 1936, autorizado como carrera de velocidad y con un recorrido mayor que incluĂa la Patagonia andina.9
Con el objeto de privilegiar la circulaciĂłn normal de los vehĂculos, finalidad fundamental de la construcciĂłn de la red nacional, el 11 de mayo de 1937 la DirecciĂłn Nacional de Vialidad prohibiĂł la realizaciĂłn de pruebas deportivas en los caminos nacionales.10 Quedaron libradas de esta prohibiciĂłn las “pruebas que por su carácter tiendan a difundir el conocimiento del paĂs y a fomentar el turismo dentro del mismo, mediante la adecuada utilizaciĂłn de las rutas argentinas”.11 En julio de 1937, la misma reparticiĂłn estableciĂł una serie de normas sobre las condiciones de esta excepciĂłn, que acabarĂan por crear una nueva categorĂa deportiva, el Turismo Carretera: sĂłlo podrĂan correr autos “de turismo” (autos comunes con algunas modificaciones), cuyos chasis y motores debĂan pertenecer a la misma marca y debĂan tener techo o capota cerrada; la velocidad máxima quedaba fijada en 120 kilĂłmetros/hora y debĂan ajustarse al Reglamento General de Tráfico.
Además, las carreras tenĂan que recorrer como mĂnimo 1000 kilĂłmetros, y para su realizaciĂłn “no se dispondrĂa el cierre de los caminos al tránsito normal”, sino en todo caso su encauzamiento para mayor seguridad de los corredores y del pĂşblico.12 De este modo, el estado, a travĂ©s de la DirecciĂłn Nacional de Vialidad, se hacĂa cargo de la concepciĂłn de las carreras en carretera como forma de propaganda vial y de estĂmulo al turismo en automĂłvil, y la reforzaba: si las competencias debĂan revelar la “practicabilidad” de los caminos, mostrando sus mejoras y el progreso de las regiones que atravesaban, era necesario que los automĂłviles que competĂan en ellas se parecieran a los de los usuarios comunes y transitaran a velocidades emocionantes para los espectadores pero que no derivaran en continuos accidentes graves (que amedrentaran a los potenciales turistas-automovilistas).
Los nuevos grandes premios, que recorrĂan largas distancias y duraban varios dĂas de arduas pruebas, incrementaron las exigencias para hombres y vehĂculos, y los costos de participaciĂłn, ya que era necesario trasladarse con un equipo de mecánicos y auxiliares, llevar repuestos y un auto de apoyo. Para poder superar el circuito local de carreras, muchos pilotos requirieron la ayuda econĂłmica de sus pueblos de origen. AsĂ, por ejemplo, FĂ©lix Heredia, un corredor de Fuerte Gral. Roca, financiĂł su participaciĂłn en el Gran Premio del ACA de 1938 con fondos del club deportivo local y con dinero recaudado por la AsociaciĂłn Española, en una kermĂ©s realizada cuando los corredores pernoctaron en esa localidad.13
En 1939 el Gran Premio se corrió nuevamente hacia Chile, con un trazado similar al de 1936. En 1940, unió Buenos Aires y Lima (9445 kilómetros) como parte del proyecto panamericanista del que el presidente del club, Carlos P. Anesi, era ferviente impulsor. Las carreras quedaron suspendidas en los años siguientes a causa de la Segunda Guerra Mundial y se reanudaron en 1947.
En 1948 el ACA organizĂł el Gran Premio Internacional de AmĂ©rica del Sud, la más ambiciosa competencia de carretera hasta entonces emprendida por el ACA. ComprendĂa dos tramos: uno Buenos Aires-Caracas y otro, el regreso, Lima-Buenos Aires. PerĂłn celebrĂł el significado de la carrera, que hermanaba a los pueblos americanos, mostraba sobre todo el coraje de los pilotos argentinos y contribuĂa a la unidad nacional, y expresĂł sus esperanzas de que pronto se corriera con coches de fabricaciĂłn argentina.14 El ACA esperaba culminar la serie, abierta por la carrera a Lima en 1940, con el Gran Premio de las AmĂ©ricas entre Buenos Aires y Nueva York en 1942, celebrando los 450 años de la conquista de AmĂ©rica.15
La carrera Buenos Aires-Caracas levantĂł crecientes crĂticas por los riesgos a los que expuso a los pilotos, pero, sobre todo, por el elevado costo que estos debieron afrontar. Inicialmente se habĂa supuesto que esos paĂses proveerĂan el alojamiento, combustible y aceite de los volantes mientras la carrera atravesara sus territorios; como no sucediĂł, sĂłlo la intervenciĂłn econĂłmica del gobierno argentino hizo posible la realizaciĂłn de la competencia. El Gráfico llamĂł a que los pilotos se quedaran de ahĂ en adelante “en casa”; “la distancia no asusta –planteĂł en 1948 la popular revista deportiva– pero sĂ los pesos”.16
El proyecto de una prueba a Nueva York se abandonó poco después definitivamente. El final de estas competencias internacionales, tan extensas, coincidió además con el del impulso del propio proyecto de la ruta Panamericana, que perdió gran parte de su trascendencia frente a los avances de la aviación comercial.
El Turismo Carretera se disputĂł en adelante dentro del territorio argentino. El Gran Premio de 1949, que recorrĂa casi completo el perĂmetro del territorio nacional (11 000 kilĂłmetros, con RĂo Gallegos, Salta y las Cataratas del IguazĂş como puntos extremos) contĂł con la participaciĂłn de corredores destacados, como Fangio y los hermanos Gálvez.17 Las competencias en carreteras continuaron siendo muy populares durante los años cincuenta: eran “la marca de originalidad del automovilismo argentino”.18 Desde 1950, sin embargo, comenzaron a experimentarse dificultades y cambios: como cada vez resultaba más oneroso participar de las carreras (por el alto costo de preparaciĂłn y mantenimiento de los vehĂculos, el rápido desgaste asociado a las crecientes velocidades y la escasez de repuestos), muchos pilotos comenzaron a seleccionar las pruebas a las que se presentaban y algunos amateurs se retiraron. De este modo, disminuyĂł globalmente la inscripciĂłn de corredores en las competencias, su fuente principal de financiamiento. A esto se sumĂł la escasez de combustible, que en algunos momentos (como en 1952) impidiĂł la disputa de las carreras de mayor aliento. Muchos clubes pequeños debieron dejar de organizar competencias; otros optaron por los circuitos cerrados, que permitĂan el cobro de entrada al pĂşblico.
El ACA se enfrentĂł con mayores dificultades para continuar con los grandes premios de carretera: si bien sobrevivieron, se redujeron en extensiĂłn y perdieron cierto brillo, al tiempo que, como veremos más adelante, se sometĂan más y más a la lĂłgica de la propaganda peronista. El Gran Premio de 1954, cincuentenario del ACA, fue hasta cierto punto una excepciĂłn; en medio de una situaciĂłn financiera muy difĂcil para la instituciĂłn, se anunciĂł un ambicioso recorrido de más de 12 000 kilĂłmetros. La comunidad de deportistas recibiĂł el anuncio con un escepticismo del que se hacĂa eco el popular periodista deportivo Ricardo Lorenzo, mostrando que los premios apenas compensarĂan los costos de participaciĂłn de los volantes que obtuvieran los primeros puestos.19 Finalmente, el ACA decidiĂł que el Gran Premio Bodas de Oro fuera “más corto y más barato”, reduciĂ©ndolo a menos de la mitad de la extensiĂłn original.20 Para algunos sectores, de los que El Gráfico era vocero, se hacĂan necesarios replanteos más profundos que respondieran a la crĂtica situaciĂłn, fuera esta temporaria o no. La disputa de las carreras en caminos pavimentados que disminuyeran el desgaste de los automĂłviles y con etapas más breves para evitar la dependencia de los coches de auxilio, vitales para el reaprovisionamiento de combustible, o competencias con categorĂas de baja cilindrada en las que pudieran participar amateurs, eran algunas de las soluciones propuestas.21 Este reclamo, que reflejaba las inquietudes de los pilotos, tendĂa a cuestionar el liderazgo –hasta entonces indiscutido– que la ComisiĂłn Deportiva AutomovilĂstica y, por lo tanto, el ACA tenĂan sobre el automovilismo nacional y su forma inconsulta de planificar las competencias “sobre el papel”. El cuestionamiento se vinculaba a la creciente profesionalizaciĂłn de los pilotos y se consolidĂł con la organizaciĂłn de los volantes en su propia entidad gremial, la AsociaciĂłn de Conductores de Turismo Carretera (ACTC), tras un conflicto con el ACA en agosto de 1960.
La funciĂłn pĂşblica de las carreras en carretera
Los grandes premios ofrecen la oportunidad de observar una serie de cuestiones con respecto al desarrollo material y simbólico del sistema de carreteras, la integración nacional y el fortalecimiento de una constelación de nuevas prácticas y sentidos culturales en torno al automóvil, el camino y el viaje.22
La organizaciĂłn de la carrera y la competencia en sĂ imponĂan un conjunto de operaciones sobre el espacio fĂsico del camino y sus alrededores que lo apropiaban y lo construĂan como territorio (esto es, como un espacio normalizado), y como lo que los geĂłgrafos llaman un “lugar” (un espacio practicado y representado). (…) TambiĂ©n las señales, intervenciones materiales sobre el terreno que establecĂan un lĂmite, contribuĂan a construir el camino como entidad, separándolo visualmente del campo que lo circundaba (…). La producciĂłn del espacio del camino se completaba con una serie de intervenciones destinadas a acondicionarlo materialmente para la circulaciĂłn de los vehĂculos: alisado, aterraplenado, eliminaciĂłn o arreglo de pantanos, mejoras en los vados de rĂos y arroyos, etc.
El relevamiento, señalamiento y arreglo de los caminos tenĂa lugar con independencia de las carreras, encarado por gobiernos locales y provinciales, por consorcios de vecinos, por el ACA, por la DirecciĂłn General de Puentes y Caminos y, luego de 1933, por la DirecciĂłn Nacional de Vialidad; pero las carreras eran un motivo poderoso para que se iniciaran, aceleraran o completaran obras. Como parte de la organizaciĂłn de los Grandes Premios, entre 1924 y 1933 el ACA gestionĂł, en general con Ă©xito, el arreglo de los caminos involucrados en el recorrido por parte de los gobiernos provinciales y locales, mientras el club se ocupaba del señalamiento.
Desde 1933 los Grandes Premios contaron con el apoyo de la DirecciĂłn Nacional de Vialidad, de cuyo directorio –recordemos– formaba parte el ACA: asĂ, por ejemplo, cuadrillas de esta direcciĂłn mejoraron y repararon tramos del recorrido del Gran Premio del Sur de 1938 antes de la carrera.23 En contrapartida, las pruebas en carretera de los años treinta sirvieron explĂcitamente como propaganda de las obras viales.
En los relatos de diarios y revistas se destacaban las labores de reparaciĂłn de las cuadrillas y máquinas de Vialidad Nacional y se describĂan y alababan los nuevos caminos “firmes”.
Como dijimos, durante los años veinte el ACA, en consonancia con la asunciĂłn de un perfil pĂşblico más claro de militancia activa en favor de la vialidad, comenzĂł a plantear las carreras, especialmente las de carretera, como eventos de propaganda vial. AsĂ, por ejemplo, junto al Gran Premio de 1924, largĂł tambiĂ©n rumbo a CĂłrdoba la “Semana del AutomĂłvil”, una caravana de vehĂculos que realizĂł una excursiĂłn de turismo sobre el mismo camino que los competidores.24
Se sostenĂa que las competencias promovĂan el turismo en automĂłvil al mostrar que los viajes por las carreteras argentinas (aun a altas velocidades) eran posibles. Desde 1937, el Turismo Carretera enfatizaba aĂşn más este argumento, pues utilizaba vehĂculos supuestamente iguales a los que poseĂan los automovilistas particulares. Al trazar un balance del Gran Premio de 1938, La NaciĂłn acordaba en lo fundamental con esta interpretaciĂłn, que como dijimos estaba detrás de las reglamentaciones a las carreras en carretera dictadas por la DirecciĂłn Nacional de Vialidad en 1937: el ACA, aseguraban, habĂa beneficiado al paĂs al organizar esa prueba, que fomentarĂa “el turismo al difundir el conocimiento de rutas llamadas a convertirse en las más atractivas de lo futuro, por la variedad de sus matices y su extensiĂłn y porque serán de descubrimiento para la gran cantidad de conductores que todavĂa no las recorrieron”.25
La carrera habĂa demostrado, además, “que los automĂłviles de paseo pueden viajar con promedios altos hasta en los más alejados caminos patagĂłnicos, sin dificultad seria que se les oponga”. (…)
Las competencias tambiĂ©n participaron de la integraciĂłn simbĂłlica del territorio nacional. El disfrute de la carrera por parte del pĂşblico desde sus casas, aguardando a la vera del camino o en la lĂnea de llegada, implicaba un ejercicio de la imaginaciĂłn: la reconstrucciĂłn mental del recorrido y las posiciones relativas de los corredores con la informaciĂłn discontinua de la radio.26 Como ha señalado Ballent, durante las grandes carreras, el paĂs quedaba instalado en una especie de “simultaneidad temporal”; el pĂşblico, que seguĂa las crĂłnicas por la radio o la prensa, conocĂa lugares ignotos y se “acercaba idealmente a espacios distantes”.27
Lo mismo sucedĂa, hasta cierto punto, con el territorio latinoamericano construido por los Grandes Premios Internacionales; estas pruebas en las que participaban corredores uruguayos, chilenos y peruanos, entre otros, y que unieron por carretera dos o más paĂses, contribuyeron además a popularizar los valores de la integraciĂłn latinoamericana al generar vĂnculos efectivos entre clubes y entre pilotos, promover la colaboraciĂłn entre los gobiernos de las distintas naciones y poner en circulaciĂłn, entre sus poblaciones, ideas de solidaridad y hermandad latinoamericana (por ejemplo, a travĂ©s de la difusiĂłn de estereotipos positivos sobre los deportistas del continente).28
Por otra parte, las carreras, como otros deportes muy populares en la Ă©poca, contribuĂan a la construcciĂłn de la identidad nacional en otro sentido, ya que la popularidad de los pilotos rebasaba pronto los lĂmites provinciales y aparecĂan como la encarnaciĂłn de ciertas virtudes nacionales. Archetti ha sostenido que en la Argentina de entreguerra, y alrededor de ciertos deportes, emerge la idea de que existe un estilo deportivo nacional, diferente del europeo y, en cierto sentido, más valioso.29 Es el caso del automovilismo en esos años: en las crĂłnicas, el piloto nacional es descripto con una exaltaciĂłn de su inventiva, temple y temeridad. Si en las carreras europeas parecen enfrentarse las máquinas (y detrás de ellas, los diseñadores y productores de automĂłviles), en las carreras locales en carretera se enfrentan los hombres, que ganan gracias al valor, las maniobras arriesgadas y el ingenio criollo. En el Gran Premio de 1936, por ejemplo, Daniel Musso arreglĂł con un trozo de tela su tanque de nafta perforado y en el de 1939 Fangio, famoso por sus reparaciones en ruta, agujereĂł el tablero de su Chevrolet e instalĂł una manguera en la cabina por la que su copiloto, en ruta, vertĂa aceite nuevo y a continuaciĂłn soplaba para lograr que llegara al motor.30 Los valores de estos pilotos se identifican con los de las regiones de las que provenĂan, donde, se suponĂa, las dificultades templaban el carácter de los pioneros del automovilismo. Al referirse al Gran Premio de 1937, sostenĂa La NaciĂłn: “la nueva [camada de pilotos] es generaciĂłn de la campaña, ruda y vigorosa –hecha a las penurias de las huellas profundas, de los pantanos, de las asperezas de los caminos secos no conservados, como a los más lisos, en que las obras de arte o el pavimento permiten acelerar sin miedo”.31
Finalmente, ciertas caracterĂsticas de las grandes carreras en carretera fomentaban la identificaciĂłn entre el pĂşblico y los corredores, al tiempo que alimentaban la popularidad de las pruebas y, por extensiĂłn, del ACA (en un contexto de creciente consumo y aceptaciĂłn de los automĂłviles).
En la entreguerra, estas competencias tenĂan un carácter relativamente “abierto”, admitĂan corredores de orĂgenes modestos y sin grandes auspiciantes, que podĂan –y, desde 1937, debĂan– participar con automĂłviles similares (en apariencia) a los de los automovilistas comunes. Estos corredores, que en muchos casos llegaban a las competencias gracias al apoyo material de buena parte de su comunidad de origen, recorrĂan un camino de ascenso (y de creciente profesionalizaciĂłn) a travĂ©s de una jerarquĂa de carreras locales y regionales, hasta llegar a participar en los Grandes Premios o en las Mil Millas.
Fuente: El Historiador

